martes, 26 de enero de 2016

Segunda y última parte del viaje a Alemania "Baviera en Navidad" de nuestro viajero Óscar Pintos. ¡Qué envidia nos da!

BAVIERA EN NAVIDAD (II Parte)
26/01/2016
Por ÓSCAR PINTOS

“Nächsten Haltestelle: München Hauptbahnhof” ¡Esa es la mía! Estaba muy cansado, y tenía demasiadas ganas de llegar al hotel, por lo que lo normal sería que hiciera el trasbordo a la línea 5 de metro o U-Bahn, como lo llaman aquí, utilizando los pasillos subterráneos creados para dicho propósito, pero era tal mi curiosidad viajera que decidí salir a la superficie.

A lo lejos, podía divisar las luces que mantenían un reñido pulso con la niebla y el humo de los petardos por tratar de iluminar la Karlstor, una de las tres puertas que aún se mantienen en pie con el propósito de recordarnos las fortificaciones medievales que protegían la ciudad antaño. Se intuía el gentío entre decenas de puestos y casetas de madera que se disponían alrededor de una improvisada pista de hielo; el olor a canela y el griterío me iban advirtiendo del tiempo que me tomaría recorrer el tramo peatonal entre Karlsplatz y Marientplatz.

El hecho de avanzar mucho más despacio de lo que a mí me gusta, me permitió admirar la belleza de cada edificio, de cada rincón, cada cervecería, …, pero llaman especialmente mi atención el Palacio de Justicia y el Viejo Jardín Botánico, la fuente central de Karlsplatz (doy fe de que, sin duda alguna, es uno de los lugares de encuentro preferido para los muniqueses), el Museo Alemán de Caza y Pesca, la Bürgersaalkirche, y la Augustinerbräu –uno de los pubs más antiguos de Múnich, en el que aún no caigo en la tentación de hacer un alto para degustar su rica cerveza–.

Prosigo mi camino, deteniéndome en la Iglesia de San Miguel, la iglesia renacentista más grande de los Alpes; resalta en su fachada el conjunto escultórico que ilustra el triunfo del catolicismo sobre el protestantismo [San Miguel luchando con un dragón]. Diviso ahora un andamio, al que se le antoja fastidiarme las fotos de la Iglesia de Nuestra Señora ó Catedral de Múnich, donde aún se conserva la tumba de Luis IV de Baviera.

Karlstor

Por fin llego a Marientplatz, algo así como la Puerta del Sol en Múnich. Tremenda. Preciosa. No sé por dónde comenzar a tirar fotos. Hace frío, es tarde, y estoy muy cansado, pero la alegría de la gente invita a quedarme, y la decoración de la plaza me convence para despojar a mis manos de los guantes y hurgar en busca del “modo noche” que pide a gritos la cámara. Me impacta la Columna de Santa María, erigida en el centro de la plaza en 1638 para celebrar el fin de la invasión sueca; la gran columna está coronada por una estatua de la Virgen María rodeada por cuatro angelitos que simbolizan las victorias frente a la guerra, la peste, la herejía y el hambre.



Inevitablemente, me fijo también en el Nuevo Ayuntamiento de estilo neogótico, y el Carrillón, en el que las figuras de tamaño real, realizan la Danza de Cooper para celebrar el fin de la peste. No merece menos atención el Viejo Ayuntamiento, con más de 500 años de antigüedad, y la fuente Fischbrunnen, diseñada en 1864 y reconstruída tras la Segunda Guerra Mundial. Cuando bajo la mirada, no sé si me asustó más ver las manos tan rojas debido al frío, ó contemplar en el reloj que ya pasaba de medianoche. Sin pensarlo, desciendo a las entrañas de la urbe por la primera boca de metro que encuentro y tomo el U5 camino al hotel. ¡Mañana más!

Marientplatz


La verdad, es que pensaba que con todo el cansancio acumulado iba a despertarme más tarde, pero no;
puntual para el desayuno, pasados un par de minutos de las seis de la mañana, ya estaba yo recolectando distintas variedades de queso, salsas, salmón y salchichas; había que empezar bien el día.

Una hora más tarde, tras comprar un pase diario para el transporte público –tageskarte–, me encontraba ya en la Isla de los Museos; unas fotos en Max-Weber-Platz, el Maximilianeum, y decido entrar en el Museo Alemán de Ciencias; totalmente recomendable, aunque sólo fuera para ver del primer avión a motor de los hermanos Wright, el primer automóvil de Karl Benz, y el submarino U1 –el primero de la Kriegsmarine, la armada del III Reich–.

Al salir, cojo el tranvía 16 hacia Reichenbachplatz, atravieso Isartor, otra de las tres puertas de la ciudad que quedan en pie, y me dirijo ahora a Viktualienmarkt; tuvo sus orígenes en Marienplatz, donde los campesinos ofrecían productos frescos y cereales a los ciudadanos, pero cuando este espacio se quedó pequeño, el mercado se trasladó a su ubicación actual, llevándose a cabo varias demoliciones; breve parada en su animado Biergarten, y continuo hacia el Museo Judío y Museo de la Ciudad de Múnich. La verdad, es que no me parecieron nada del otro mundo, por lo que, sin perder más tiempo, camino hasta Sendlinger Tor, la última de las puertas; en el camino, hago un alto en la Iglesia de Asam y en la Iglesia Evangélica de St. Matthäus. El reloj marca las tres de la tarde, por lo que cojo el U8 dirección Olympiazentrum.

Isla de los Museos


Mi idea era llegar al Mundo de BMW y su museo antes de que cerraran. Lo consigo, y menos mal, porque es algo que no me hubiera gustado perderme. Va cayendo la noche sobre Múnich, pero aún no hace demasiado frío, por lo que decido recorrer tranquilamente el Parque Olímpico, su villa, lago, memorial, Estadio Olímpico, Paseo de las Estrellas, … Sin darme cuenta, aparezco al otro lado del complejo, casi  totalmente desubicado si no fuera por un luminoso azul que me dice donde tomar el U1 para volver al centro.

Es tarde. Ya hay poca gente por la calle. Y la niebla, se ha aliado con el frío, invitando ambos al recogimiento. Pero aún queda mucho por ver.

BMW Welt

Me bajo esta vez en Odeonsplatz, otra de las plazas más populares de Múnich, a cinco minutos de Marientsplatz. Llamada así por la sala de conciertos que aquí se ubicaba en el momento de su construcción, me sorprende con el Feldherrnhalle (símbolo del honor del ejército bávaro, que recuerda un poco a la Loggia dei Lanzi, en Florencia) y con la Iglesia de los Teatinos (símbolo de Múnich con su característica fachada rococó amarilla). En sus inmediaciones, también debo visitar –aunque no sé de dónde voy a sacar tantos días para visitar tantas cosas– el Siemensforum, la Residencia (algo así como nuestro Palacio Real) y el Hofgarten, con la Cancillería de Baviera, el Templo Manierista de Diana, y el Prinz-Carl-Palaisun; se trata de un precioso jardín de estilo italiano que da acceso al Jardín Inglés, otro impresionante espacio verde, mayor incluso que Central Park, atravesado por un riachuelo artificial, con olas y todo, donde se puede practicar surf … ¡si es que, lo que no hagas en Alemania!

Teatro Nacional

Unos sonidos extraños, provenientes de mi estómago me recuerdan que debería parar a cenar algo, así que, sin pensarlo dos veces pongo rumbo a la archiconocida Cervecería Hofbräuhaus; por el camino, no pierdo el tiempo, y aprovecho para admirar el Teatro Nacional, la Plaza Max-Joseph-Platz, y la Torre del Mono en la antigua residencia de Luis IV (Alter Hof). En la calle de al lado, una gran oleada de personas cantando me marcan el camino hasta la misma puerta de la cervecería, abierta al público nada más y nada menos que desde 1828, pero ya fuera fábrica para la familia Wittelsbach desde 1589. Sus paredes tienen mucha historia que contar, mientras degusto unos filetes de Leberkäse y unas Brühwurst regadas con un litro de rica cerveza; pero también sus gentes, que en el pasillo humano que se forma con el constante ir y venir al baño, es imposible no toparse con dos o tres personas dispuestas a fanfarronear con el pasado oscuro de la cervecería. Y es que, como luego pude comprobar en mis apuntes, no iban muy desencaminados; fue aquí donde allá por 1920, un joven desconocido pero muy charlatán comenzaría a dar sus discursos; lo que, sólo parecían voces al principio, pronto irían engendrando al líder genocida; aquí, Hitler cambió el Partido de los Trabajadores Alemanes por el Partido Nacional-Socialista, que se crearía en la cercana esquina donde hoy hay una farmacia.

Como buen apasionado de la historia, quise saber más, quise seguir sus pasos, y ya con el estómago bien llego, volví a Ondeonsplatz, donde en el Hall de los Generales, Hitler, ya en el poder, erigió un estandarte con una esvástica y una águila dorada ante el que el pueblo debía cuadrarse y agachar la cabeza; los pocos rebeldes que se resistían, atajaba por el callejón Viscardigasse, y de ahí que hoy haya una serie de adoquines dorados recordando su valiente paso.

Era bastante tarde, y decidí poner fin a mi particular ‘tras las huellas de Hitler’ en la Universidad; allí se encuentra el Monumento a la Rosa Blanca, camuflado al turista entre los adoquines de la entrada al Edificio del Institut für Musikwissenschaft der LMU München; la Rosa Blanca (Die weiße Rose) era un movimiento no violento en contra del régimen, fundado por los hermanos Scholl (de ahí, el nombre de la glorieta que me ayudó a posicionarme: Geschwister-Scholl-Platz); ellos se encargaban de repartir seis hojas que animaban a la resistencia contra el nacionalismo (grabadas en bronce, es lo que representa el humilde monumento que tengo bajo mis pies).

La Rosa Blanca

Según bajaba al metro, tenía muy claro que ya era hora de volver al hotel, pero el calorcito de la estación y un anuncio publicitario de Seguros Allianz me hicieron cambiar de opinión: acabaría la jornada en Múnich, con la visita al impresionante estadio Allianz Arena. Espectacular. Sin palabras.

Allianz Arena

Al llegar al hotel, comprobé mis apuntados, viendo que más o menos había visitado todo lo que me había propuesto como principal, en Múnich; obviamente, mi ‘must de Múnich’ ó ‘Top X’ de la Baviera no tiene que coincidir con el de nadie. Yo de momento, cerraba el capítulo del centro de Múnich, y me disponía ahora a comprobar mis planes y horarios para los alrededores. Así pues, al día siguiente, me levantaría algo más pronto y compraría un billete Gesamtnetz que me permitiera explorar los alrededores. Tenía en mente, en primer lugar, la Fábrica de Cerveza de Weihenstephaner (la más antigua, en funcionamiento ininterrumpido desde 1040), el museo, la Abadía Benedictina y los alrededores. Siendo amante de la buena cerveza, como soy, la experiencia no me defraudó en absoluto.

Me sobró algo de tiempo, incluso para visitar el animado casco histórico de Freising, el municipio al que
pertenece la abadía.


Un poco antes de la hora de la comida, tomaría dos trenes para llegar a Dachau; podría caminar los casi cinco kilómetros que separan la estación de los restos del Campo de Concentración de Dachau, pero el bus estaba incluido en el billete que había comprado, por lo que no lo dudé, y me monté en el autobús; unos veinte chinos, cinco franceses, cuatro alemanes, dos portugueses y alguna que otra nacionalidad, me confirmaban que estaba en el bus correcto. Diez minutillos más tarde, estaba en la misma entrada del  KZ-Gedenkstätte; recogí un planito esquemático del recinto y me apresuré a recorrerlo en su totalidad.
Junto con Auschwitz, Dachau es uno de los más importantes campos de concentración nazi; fue el segundo en ser liberado por los británicos y estadounidenses, el 22 de Abril de 1945, como así lo conmemoran varias placas que vi durante el recorrido; construido sobre un antiguo almacén de pólvora en Marzo del 33, cabe destacar el complejo de intendencia (cocina, guardarropas, talleres y baño; en el edificio estaba escrito en grande: "hay un camino hacia la libertad; este pasa por la obediencia, la honestidad, la limpieza, la sobriedad, la aplicación, el orden, el sentido de sacrificio, la sinceridad y el amor a la patria"), el búnker/calabozo (lugar de terror, donde se realizaban todo tipo de experimentos y torturas a los reclusos; entre los experimentos más notorios se cuentan las infecciones intencionadas de malaria, pruebas de hipotermia y altura), el campo de tiro de las SS (más de 4000 prisioneros de guerra soviéticos ejecutados), las fosas comunes de Leitenberg (en las últimas semanas antes de la liberación del campo, los muertos no pudieron ser incinerados por falta de carbón y más de 7500 cadáveres fueron “depositados” en este lugar), y el bloque de los curas (reclusos pertenecientes al clero).

Dachau

Con muy mal sabor de boca, y el cuerpo estremecido, puse rumbo al sur; mi tercer y último objetivo en las afueras, era la Región del Lago Starnberg. Me quedaba una hora escasa de luz, así que, lo primero que decidí visitar, fue el pueblo de Possenhofen. ¿Os suena? ¿Y si os digo que a diez minutos de la estación está el Palacio de Maximiliano de Baviera? Sí; efectivamente; el padre de Sissi Emperatriz; fue aquí donde se emplazaban esas bellas estampas que las películas nos mostraban de su niñez al lado del lago, el mismo que viera morir al Rey Loco. En el antiguo edificio de la propia estación, también se ha construido el Museo de la Emperatriz. Y poco más; unas cuantas fotos en los embarcaderos del lago, con los Alpes de fondo, una breve parada en Starnberg, y vuelta a Múnich.

Aún me sobraba algo de tiempo para dar una vuelta por el centro, tomarme tranquilamente unas Currywurst y consultar en el mapa si me había dejado algún museo, plaza, iglesia ó cervecería famosa sin visitar. Con muchas ganas y fuerzas recién recuperadas, aún me dispongo a visitar el Palacio de Nymphenburg, el Biergarten de Paulaner, y la Cervecería Löwenbräu; creo que, ahora sí que me he ganado una buena jarra de cerveza, y a descansar.

Paulaner

Como cada día, me levanto pronto, desayuno y decido tomar un tren a Füssen, la cercana localidad a la
atracción más visitada –como así lo atestiguan los dos meses de antelación con los que tuve que reservar la entrada– de Alemania: el Castillo de Neuschwanstein. Un agradable paseo por el pueblo, y puse rumbo al Centro de Visitantes de Hohenschwangau (diez minutos en bus; unos tres cuartos de hora andando), donde recogí las entradas. Mientras esperaba la hora que me marcaba el ticket, hice unas cuantas fotos desde lo alto de Hohenschwangau, el otro castillo menos conocido, pero no por eso menos importante ni menos bello. También me acerqué a la orilla del Alpsee, donde está el Museo de los Reyes Bávaros, Maibaum, y finalmente inicié el ascenso al castillo; se puede subir andando, en minibús o en coche de caballos; ningún medio puede subir hasta la puerta, por lo que los últimos diez minutos hay que subirlos andando sí o sí. Yo subí andando, y tras la impresionante visita, decidí bajar en el coche de caballos (¡la bajada cuesta la mitad que la subida!). Maravillado con la mente del Rey Loco, se me pasó casi sin darme cuenta el camino de vuelta hasta la estación de Füssen, donde llegué justito para coger el tren a Múnich (los hay cada hora).

Castillo de Neuchwanstein

Había leído en una guía, que las mejores formas de disfrutar de la Nochevieja en Múnich, era con el vals de medianoche en el Festival de Invierno Tollwood o con los millones de petardos y fuegos artificiales en Marientplatz. Yo había reservado la entrada para el Tollwood, en el Theresienwiese, donde en Octubre se realiza el famoso Oktoberfest; además, desde allí podría disfrutar del mismo espectáculo pirotécnico sin tantas aglomeraciones. Eran poco más de las cuatro de la tarde, y dado que el hotel me brindaba la posibilidad de alquilar una bici completamente gratis, así lo hice, pudiendo llegar además, mucho más rápido a los lugares que me faltaban por ver, como el Museo de la Cerveza y Oktoberfest, algún bosque de las afueras, al supermercado y/o a la tienda de recuerdos.

Siete de la tarde. Ducha bien calentita, alguna prenda roja y el bote de las uvas de Mercadona en el bolsillo de la chaqueta, por eso de no romper viejas tradiciones. El festival, tremendo. La fiesta y el buen rollo de la gente, insuperable. El vals te invitaba a quedarte. Las cervezas hacían que se te olvidara que hacía siete grados bajo cero. Y las luces de los petardos, parecían escribir en el ahumado cielo “esta noche no hay prisa”. El olor a canela se disputaba el protagonismo con el cada vez más intenso olor a pólvora … Por desgracia, la noche se vio empañada, no sólo por la niebla y el humo de los petardos, sino por el aviso de bomba en algunas estaciones principales de la ciudad; por suerte no hubo que lamentar daños. Llegué sano y salvo al hotel; demasiado tarde para dormir, pero demasiado pronto para desayunar; eso sí, con demasiadas ganas de darle la bienvenida al 2016 en Salzburgo, ciudad por excelencia de Año Nuevo. Pero eso ya es otra historia, que os contaré en otra ocasión.



Tollwood Winterfestival

Creo que el noventa por ciento del tiempo de vuelo lo empleé en dormir; el resto, en comprobar mis
anotaciones, tachar lugares visitados y pasar página en la agenda viajera del 2016, para comenzar a
trazar el boceto de mi próxima gran aventura: Nueva York.
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