Pelo en el sofá

LA COLUMNA DE ALICIA
Alicia G.

Se mueve poco y casi no molesta, si no fuera por esos resuellos estentóreos nocturnos que parece que estás en Faunia. Apenas deja pelo en los sillones, no desordena mucho y cuando tira algo suele recogerlo, aunque no siempre. Lo de las ventosidades sigue en proceso de aprendizaje.

Tal vez demasiado grande para un pisito, pero el caso es que el bicho nos gusta a todos y no me supone un gasto especial, una vez tuve una pareja de gatos turcos que me costaban más del doble y ensuciaban lo que no está en los escritos. No es nada exigente con la comida y en Alcampo encuentro todo lo que necesita. Se baña solo y no huele mucho.

A mis hijos les encanta, y eso ya es un punto, con lo raros que son. A pesar de que a veces se lanzan sobre él como Hobbes sobre Calvin, nunca les ha devuelto el ataque, ni mordido, ni babeado, y a mí tampoco a excepción de cuando le autorizo. A veces les cuenta cosas con la intención expresa de traumatizarles, pero lo hace tan bien, con ese deje teatral a lo Fernán Gómez, que se lo consiento mientras ellos le piden más.

A mi marido no le gusta que hable de él, pero si lo hago tampoco se enfada. Lleva tiempo en un modo entre el budismo de George Harrison y el sincretismo coreano que a veces me saca de quicio, aunque reconozco que no es mala filosofía para transcender la intranscendencia de nuestro entorno. 

No le veo poniéndome los cuernos, apenas puede con la central como para abrir sucursales. No es nada machista, le gusta fregar los platos a pelo y, aunque a veces por meterme el dedo en el ojo se declara afeminista y si le digo que sea inclusivo en su lenguaje me llama bombona en lugar de bombón, también es cierto que coloca en un sitio preferente de la biblioteca del salón de casa los libros de Concepción Arenal, Isabel Allende y Oriana Fallaci.

No lo cambio por nada. Mi madre dirá lo que quiera, que si me tenía que haber casado con Paco, el sobrino baboso del alcalde, o con el trepa del Gerardo que movió el rollo de los aerogeneradores en las tierras comunales y ahora está forrado. Pero yo a mi bicho, que no me pega, no me grita, no me engaña, dice matriarcado sin atragantarse, se emociona igual con Miguel de Molina que con Pearl Jam, llora a moco tendido cuando la abuela Coco recuerda a su padre, cumple con lo que tiene que cumplir y al que además adoran mis hijos, no le cambio por dineros ni lisonjas ni fanfarrias.

Ahora, como empiece a echar pelo en el sofá la vamos a tener. /

©AliciaG

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