La venganza de Arthur Conan Doyle

HISTORIAS DE LIBROS
Alejandro Nebrosa

El sabueso de los Baskerville

Corría 1893 y el escritor escocés Arthur Conan Doyle, previsiblemente aburrido de vivir a la sombra de Sherlock Holmes, su personaje más conocido, se deshizo de él a las bravas en la novela El Problema Final, y ya de paso, por pasar página del todo, se llevó por delante a su archienemigo Moriarty. En la escena final del libro, unidos por un cruel destino literario, ambos se precipitan por las cataratas de Reichenbach (Suiza), y desaparecen. 

Mal negocio matar a Holmes para un autor a la sombra de su personaje más conocido. Sus editores no lo entendieron y sus lectores no lo perdonaron, y durante años se le reclamó resucitara al detective de la pipa, la lupa, el abrigo Ulster y la gorra deerstalker. Nada de lo que escribió desde entonces Doyle pudo hacer olvidar a sus lectores que Sherlock Holmes había muerto y su asesino era su propio creador.

Años después de aquello, Doyle (por cierto, muy aficionado al espiritismo), emprendió un viaje personal que le llevó a las tierras sombrías de Dartmoor, en Devon, al sudoeste de Inglaterra, y conoció de primera mano los desoladores, escalofriantes páramos de la comarca. También fue informado de la leyenda de Richard Cabell, un gentilhombre al que nadie quisiera tener por vecino. Y para colmo, conoció de la existencia de la sórdida penitenciaría de Dartmoor, muy cerca de allí. 

Dicen que la ocasión la pintan calva, y así fue. Doyle dejó esbozado el argumento de su siguiente novela, El Sabueso de los Baskerville, antes de salir de aquel entorno maldito. Una novela que, cuando finalmente se publicó por entregas en 1901 en el periódico The Strand Magazine, para solaz de editores y lectores, significó el retorno a la vida de Sherlock Holmes, pero también una sutil venganza de Doyle hacia el personaje que había ensombrecido el resto de su obra. 

Por un lado, concedió un inusitado protagonismo en la historia al doctor Watson, eliminando a Sherlock de la mitad del libro. Por otro, creó un personaje que incluso hoy en día rivaliza con la fama del detective de Baker Street: el perro infernal conocido como el sabueso de los Baskerville. Y, ya de paso, incorporó un villano que, amén de compartir el carácter demoníaco de Moriarty, atesoraba virtudes adicionales como ejercer sin recato ni medida violencia de género y maltrato animal.

Desde Emilio Salgari hasta Mary Shelley, pasando por Bram Stoker o el mismísimo Mark Twain, a ningún autor le gusta que un personaje se le suba a la parra tanto como para mandarle al ostracismo. La venganza del escritor escocés, no obstante, con el tiempo se ha mostrado vana y todo el mundo conoce a Sherlock, pero pocos a Doyle. 

Y es que Sherlock es mucho Sherlock, y eso, al fin y al cabo, es culpa de su creador. /

©AlejandroNebrosa

Estatua de Sherlock Holmes en Marylebone Road, London. FOTO: Eric Neil


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