Alicia G.
Oye, y que no me acostumbro.
Con el verano ya han abierto la temporada de piscina en mi urba y este año es un sin Dios. Aquí entra todo el mundo por la cara y lo que menos se bañan son vecinos, o sea, los que pagan la fiestuqui. Setenta y nueve pisciokupas conté el otro día, y de vecinos, siete.
De los piscipokupas la mayoría son adolescentes, el resto son más pequeños y lo normal es que cada uno de los primeros se haga tres bombas por minuto sobre las cabezas de los segundos o de quien pillen por delante. O practiquen mates de NBA sobre las cabezas de los vecinos con balones Spalding del merchandising del Polígono Cobo Calleja o, ahora con el Mundial, una chilena de diseño. La jungla, vamos.
Los hay que fueron invitados en su día y el chaval anfitrión les dijo venid cuando queráis aunque no esté yo y se lo han tomado a rajatabla. Hay conserjes que han intentado poner orden hasta que se han dado cuenta de que eso no está en el convenio.
Los socorristas duran lo que duran y entran en baja por depresión. La empresa los repone y la junta directiva de la Comunidad, más pendiente de quién se queda el mantenimiento de la piscina el año que viene, tan contenta. Si protestas, malo. Si no protestas, te jodes.
No sé en el resto, pero en nuestra urba la regla es que no hay reglas. Cada cual invita a quien y cuántos quiere, los hay que invitan con criterio y los hay que por quitarse los hijos adolescentes de encima les dejan invitar a veintisiete el mismo día. Y si es fin de semana, el doble. Ellos se quedan de siesta o se van de cañas y el resto de vecinos, a mamarla.
El otro día, mientras intentaba hacerme un largo zigzagueando, me cayó uno de estos mostrencos encima y el chaval se disculpó sentidamente mientas sentidamente le caía encima dos minutos después al hijo pequeño de una vecina. Pero qué mierda de piscina es ésta, debió pensar el mostrenco, que ni un mate como Dios manda puedo hacer.
©AliciaG






