Los Plómez se separan

LA COLUMNA DE ALICIA
Alicia G.

Dos lavadoras y tres horas de peine para eliminar piojos y garrapatas de ropa y cuerpo, pero he vuelto del pueblo más contenta que unas pascuas y al día de los cotilleos locales. Mis hijos, aunque se rascan como macacos, también lo han pasado bien.

Por fin hemos disfrutado de una Semana Santa como Dios manda, después de dos años de depresiones varias y amenazas sobrenaturales. No es que las amenazas se hayan ido, pero de momento la variante Putin parece que nos permite ir al pueblo siempre que no esté muy lejos y tu banco te conceda un crédito de combustible. Yo, con la excusa de que mi madre viera a los nietos, he tirado la casa por la ventana y allá que nos hemos plantado, huyendo de las huestes urbanas de Darth Vader. 

A mi madre y sus consejos predemocráticos la he abandonado enseguida en casa y, aprovechando que hacía bueno, me he pasado las tardes con las amigotas de siempre en la terraza del bar del pueblo, con un gin tonic de oreja a oreja y despellejando sin piedad a todo el mundo. Qué gustazo. 

El bar, una ruina de negocio que nunca lo quiere llevar nadie, se lo han quedado unos portugueses a cambio de que el alcalde les proporcione casa gratis. Se han traído unos ponis que dormitan atados a la vuelta, en un rastrojo, y si haces consumición permiten que tus hijos se monten. Diez horas he tenido a los míos trotando y así han vuelto, asilvestraos y piojosos.

Entre cubata y cubata mis amigas me han dado lo que las abuelas llaman el parte y en la ciudad llamamos telediario. Entre otras noticias impactantes, la que más ilusión me ha hecho es que los Plómez se hayan separado, esos pijitos de Madrid que se compraron un chalet a la entrada y se metieron en la vida social del pueblo como dos mastodontes, abarcándolo todo. Ahora sólo viene ella y no sale y el ex al parecer se ha quedado calvo y se ha puesto cachas al mismo tiempo, algo que debe ser un efecto aún poco estudiado de las separaciones en los machotes de mediana edad.

A mi prima Esther, la que iba a salvar el mundo, le he recriminado que despidiera a Ciomara, la colombiana que cuidaba de sus hijos en el chalet de Soto de Viñuelas. Se ha puesto como una moto y me ha dicho que la chica estaba amenazada por su exmarido y que ella no iba a poner a sus hijos en riesgo. Ya, le he comentado entre trago y trago, pero es que trabajas en el ministerio de igualdad y está feo. Tú si que eres fea, me ha contestado.

Cuando ya llegábamos a las manos han puesto en el bar una vieja canción de Parálisis Permanente y hemos abandonado nuestras diferencias para cantarla a capela. Qué tiempos, los ochenta...

©AliciaG


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