La cabra

LA COLUMNA DE ALICIA
Alicia G.

No se lo cree. Yo se las enseño una a una y, según avanzo, en su rostro se va asentando esa expresión entre cáustica e incrédula que tantos recuerdos me trae.

Mi madre se ha dejado caer hoy por casa y ha traído tuppers con cosas del pueblo para que nos alimentemos durante tres meses, como si aquí no se comiera a diario. Viene desde el pueblo en autobús, con una soltura y desenfado a sus ochenta y tres años que ya quisiera yo para mí. Se maneja por la urbe con habilidad: lejos queda aquel primer día hace años en que unos vigilantes tuvieron que enseñarla a subir unas escaleras mecánicas en la Estación de Chamartín porque eran las primeras que veía y le daba respeto poner un pie sobre ellas.

Se maneja bien en la ciudad, cierto, pero hay cosas por las que no pasa. Muchas. Y mientras sigo restregando el pulgar por la pantalla de mi smartphone me hace saber sin mover los labios que ésta es una de ellas.

Mira mamá, esto es el Teams. Aquí mandan los deberes, las notas, las faltas, el horario y las actividades. Bueno, y más cosas. Esto es el Roble. Trae casi lo mismo pero es más serio, en plan oficial. Luego están los mails, yo tengo varias cuentas, una es sólo para el cole y está siempre petá. Te los puede mandar el Director, o Secretaría, o los profes, o el AMPA, cualquier día y a cualquier hora, a veces con cosas erróneas, repetidas, que ya vienen en el Teams o en Roble o no, depende. También está la agenda que llevan los chavales en la cartera, para intercambiar notas con los profes. Luego el chat de guasap de los padres. Y a veces, si la cosa es seria, te dan una tutoría presencial, aunque con lo del bicho hace dos años que no he pedido ninguna.

¿Y esto para cada hijo?, pregunta. Claro, mamá, claro. En vista de que ya la he saturado, renuncio a mencionarle los protocolos comunicacionales de las extraescolares, la academia de refuerzo, el logopeda, el club de rugby o la catequesis.

Afortunadamente, antes de que me suelte una de las suyas, entra mi hijo mayor en la cocina y mi madre le da un abrazo, tres caramelos y el pellizco de mejillas de rigor. Me ignora en el acto y se marcha con él al salón a ver un episodio de Riverdale en Netflix.

Sé lo que piensa. Mientras la escucho a través de la pared contarle a mi hijo por enésima vez que cuando era pequeña me intentaron vender a unos gitanos pero ya tenían cabra, sé que está pensando que los padres actuales somos tontos por encima de nuestra posibilidades. /

©AliciaG

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